Una historia de cine

Una historia de cine

Podría decirse que mi carrera de intérprete empezó de forma bastante peculiar. Al terminar la licenciatura empecé a trabajar de traductor e intérprete de una comisaría de policía, donde me encargaban tareas diversas, como archivar denuncias o cuñar pasaportes, que poco tenían que ver con mi formación.

Una mañana, mientras buscaba entre los legajos del archivo, me llamaron por teléfono para ofrecerme un curioso proyecto: la traducción al inglés de un guion de cine basado en el clásico de la literatura valenciana Tirant lo Blanc. De forma un tanto aventurada, acepté el ambicioso proyecto sin pensarlo demasiado. Un par de meses después, el productor de la película me llamó para decirme que Vicente Aranda quería reunirse conmigo para comentar mi traducción. Me quedé anonadado: el director de clásicos como Amantes, El Lute y Juana la Loca me había invitado a tomar café en su casa.

En los dos años siguientes, mi vida giró alrededor de aquella película, una coproducción hispano-británica en la que interpreté en todo tipo de situaciones: reuniones de financiación, castings, entrevistas, ruedas de prensa… Durante el rodaje era la sombra de Vicente Aranda. Estaba siempre cerca de él y en el momento en el que se levantaba de la silla le seguía para interpretar sus indicaciones a los actores británicos. A pesar de su avanzada edad, seguía teniendo una gran energía, así como un fuerte carácter y un incisivo sentido del humor. Aún pudo hacer dos películas más antes de dejarnos en 2015.

Un rodaje plagado de momentos frenéticos, hilarantes y surrealistas. Recuerdo, por ejemplo, una situación que parecía sacada de la película Lost in translation. Al inicio del rodaje de un plano, Caspar Zafer, el actor que interpretaba a Tirant Lo Blanc, me comentó una idea que había tenido para la escena. Cuando se la traduje, Vicente Aranda, que al parecer tenía un mal día, contestó en un estallido de cólera: «¡Menuda idea! ¡Aquí todo el mundo quiere dirigir la película…!», seguido de una larga diatriba plagada de improperios y juramentos. Caspar observaba la airada reacción del director sin entender una palabra y no paraba de preguntarme: «¿Qué dice? ¿Qué dice?». Finalmente me volví hacia él y le dije: «Dice que no». «¿Sólo eso? Parecía que había dicho mucho más…».

Aquella película, que costó sangre, sudor y lágrimas, pasó sin pena ni gloria por la cartelera. Sin embargo, supuso una experiencia vital inolvidable para muchísimas personas que trabajaron en ella y para mí representó un intenso aprendizaje que impulsó mi vocación de intérprete, una profesión que te brindaba la oportunidad de conocer mundos extraordinarios.

Jaime Roda

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