De neologismos y otras especies

De neologismos y otras especies

Los que nos dedicamos profesionalmente a la interpretación y la traducción compartimos un rasgo esencial: un interés especial por la lengua y su cuidado. Al fin y al cabo, es nuestra principal herramienta de trabajo. Perdemos un tiempo infinito en ocasiones para encontrar el término exacto que necesitamos, damos mil rodeos, consultamos mil fuentes, lo dejamos marcado en rojo o entre asteriscos para preguntar a nuestro amigo experto en la temática concreta, etc… Es lógico y normal, y por ello es fundamental que estemos siempre al tanto de las novedades, las modas y los nuevos conceptos que surgen en los medios, especialmente en un mundo tan cambiante como el nuestro.

En ocasiones, el hecho de enfrentarnos a términos sin equivalente acuñado todavía en nuestras lenguas de trabajo (especialmente cuando trabajamos con el inglés, lengua en la que aparecen tantos neologismos constantemente) hace que nos nos veamos continuamente ante un dilema. Las lenguas evolucionan y cambian de muchas formas, sobre todo en lo relativo al léxico, pero a veces es difícil distinguir entre las modas lingüísticas que se desvanecerán con el tiempo y los cambios o novedades necesarios e imparables que vienen para quedarse.

El sentido crítico, en este caso, es esencial. Se presupone que los profesionales de la lengua debemos ser garantes del buen uso de cada vocablo, lo cual hace que en ocasiones podamos dar la impresión, según algunos, de ser algo reaccionarios.

Veamos un ejemplo concreto: el concepto viral, procedente del inglés. En su acepción médica original, en buen castellano debería decirse (y se dice) vírico, pero en sentido figurado, al referirse a un vídeo que ha conseguido cierta notoriedad en las redes sociales y que ha corrido como la pólvora, se ha extendido también en castellano el término viral. Su uso y extensión, a día de hoy, es incontestable.

Otro ejemplo práctico: los stent. Según los expertos en la materia, lo más correcto sería hablar de “endoprótesis vascular”, o “cánula implantable”. Son términos que muchas veces empleamos en cabina los intérpretes especializados en medicina. Por desgracia, raro es el médico que no habla simplemente de stent, e incluso alguno te mira con cara de extrañeza al oír “endoprótesis”.

Hay mil ejemplos más: “empoderamiento”, la confusión entre “discutir” y “debatir”, “nominar” (telerealidad mediante), darle a “asumir” el sentido de “dar por sentado”, etc. La lista es interminable.

¿Qué debe hacer un profesional de la lengua ante un fenómeno así? ¿Remar contra corriente, aun a sabiendas de que tendría razón en cuanto al buen uso del término? ¿Subirse a la imparable moda y aceptar el neologismo (que además en este caso, personalmente, se me antoja innecesario)?

También puede darse el caso, y me atrevo a decir que es una enfermedad profesional bastante extendida entre los compañeros del gremio, de que todo nos suene a calco. Es un síndrome que sufro especialmente. Podemos llegar a dar ochenta vueltas a una frase para que nos suene idiomática y evitar cualquier atisbo de extranjerismo.

¿Dónde habría que poner el límite?

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